Algo tienen el Studio Ghibli que atrapa y encoge nuestros corazones. Quizás porque apela a los sentimientos más primitivos del ser humano, nos recuerda nuestro origen y nos advierte que la naturaleza merece mucho más respeto y atención. El cine del reconocido estudio japonés y, especialmente, el de su co-fundador, Hayao Miyazaki, es un cine de luces y sombras donde la felicidad convive con la tragedia, la alegría con la tristeza, y la guerra con la paz.

El galardonado director tokiota, en una entrevista para el diario británico The Guardian, reconoció ser una persona fuertemente pesimista, sin demasiada fe en la humanidad. No es casualidad que la mayoría de sus historias estén protagonizadas por niños, en sus palabras, almas herederas de las generaciones anteriores que, a medida que crecen, experimentan el mundo cotidiano. El futuro está en sus manos, y estas películas son una oda a la esperanza.

Miyazaki diseñando

El origen

El 15 de junio de 1985 nacería lo que hoy conocemos como los estudios Ghibli, pero su fundación fue fruto de muchos años de trabajo, dedicación y de la visión de un puñado de animadores encabezados por Isao Takahata y Hayao Miyazaki. Desde finales de los años 60 fueron plantando semillas que irían creciendo en forma de películas y series de animación que influenciarían profundamente en, al menos, dos generaciones. Si las obras de Takahata como Hols, príncipe del sol (1968), Heidi (1974, TV), Marco (1976, TV) o Ana de las tejas verdes (1978, TV), y de Miyazaki, Conan el niño del futuro (1978,TV), El castillo de Cagliostro (1979) o Sherlock Holmes (1984-1985, TV), no hubieran existido, nunca habría nacido Ghibli tal y como la conocemos.

¡Los grandes clásicos!

Resulta muy complicado elegir entre las veintiuna películas, veintidós si incluimos Nausicaä del valle del viento (1984, Hayao Miyazaki), producidas por Studio Ghibli hasta la fecha. En su filmografía encontramos obras ya universales como Mi vecino Totoro (1988, Hayao Miyazaki), un canto a la inocencia, a la importancia de lo invisible, de las cosas que no vemos pero sin embargo existen, o aventuras como El castillo en el cielo (1986, Hayao Miyazaki), primera cinta oficial del estudio.

Con dos niños iniciando un viaje en busca de la legendaria isla flotante de Laputa ya mostraba el gusto de Miyazaki por la tecnología retro-futurista, la aviación, y el empeño en mostrar en pantalla a mujeres fuertes, capaces de valerse por sí mismas, en lugar de damiselas en apuros rescatadas por el héroe de turno. Esta valentía por remar contracorriente continuó en otra entrañable película del estudio nipón, Nicky, la aprendiz de bruja (1989, Hayao Miyazaki), el más claro ejemplo de independencia femenina en el cine de Studio Ghibli.

Los primeros pasos hacia el reconocimiento internacional los dio La princesa Mononoke (1997, Hayao Miyazaki), uno de los mayores alegatos ecologistas del estudio junto a Nausicaä, ambas, fábulas que profundizan en el conflicto entre ser humano y naturaleza, invitándonos a reflexionar sobre los riesgos de la industrialización y el desarrollo.

Una de las obras de Miyazaki

¿La tecnología nos hace mejores o nos deshumaniza?

Si bien esta obra maestra de la animación fue un verdadero éxito en su país de origen -recaudó más de 11 billones de yenes -, no fue hasta la llegada de El viaje de Chihiro (2001, Hayao Miyazaki) cuando los estudios Ghibli dieron el salto a la fama y se colocaron, por méritos propios, en lo más alto de la industria. Otro gran éxito para los estudios- sigue siendo la película más taquillera en Japón de la historia, con 30 billones de yenes recaudados- ensalzado por críticos de todo el mundo.

Ese mismo año se llevaría la estatuilla a mejor película de animación en la 75 ceremonia de los Oscar y obtendría también el Oso de Oro en el Festival Internacional de Cine de Berlín. En 2016 fue escogida por 177 críticos de todo el mundo, en cuarta posición de las cien mejores películas del siglo veintiuno, superando a producciones como No es país para viejos (2007, Joel & Ethan Cohen), Mad Max: Furia en la carretera (2015, George Miller) Lost in translation (2003, Sofia Coppola), o Amèlie (2001, Jean-Pierre Jeunet).

La Tumba de las Luciérnagas (1988, Isao Takahata), Porco Rosso (1992, Hayao Miyazaki), El castillo ambulante (2004, Hayao Miyazaki), El viento se levanta (2011, Hayao Miyazaki), última joya del genial director, o las recientes El cuento de la princesa Kaguya (2014, Isao Takahata) y La tortuga roja (2016, Michael Dudok de Wit), son probablemente, las producciones más interesantes junto a las citadas anteriormente. Sería injusto no dedicar unas líneas al compositor de las partituras de muchas de estas películas, Mamoru Fujisawa, conocido como Joe Hisaishi, creador de bellas y cautivadoras piezas musicales que nos transportan, una y otra vez, a esos maravillosos mundos. A ese pasado que siempre fue mejor, o ese futuro donde todavía hay espacio para la esperanza en el cautivador mundo que crea Studio Ghibli.

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